Homenaje a don Omar Espinoza, etc. (Parte II)

 

Algun Dios seguramente creo a los heladeros...

Y ahí estábamos los tres (casi cuatro con mi hija que nacería en 3 meses) mirando el desastre de cucuruchos, capo destrozado, y heladero asustado aunque no herido. Y ahí nomas llego la policía (no recuerdo como porque no había celulares) y nos fuimos para la Comisaria en la calle Juan B. Justo. Allí los policías (como siempre han hecho los policías) se aprovecharon del pobre tipo en apuros y le empezaron a comer los helados. El pobre Espinoza estaba preocupado. Yo admito que estaba algo enojado por mi auto roto y por la imprudencia del tipo (a quien se le podría ocurrir meterse a contramano sin mirar). Obviamente, la culpa la tenia el tipo, se llenaron las formas de rigor, los “canas” se quedaron con los helados, se burlaron de la suerte de don Omar y solo quedo la palabra empeñada del pobre hombre que me iba a pagar el arreglo del auto. Con el tiempo, el hombre me dio una lección. El arreglo había sido caro y me dijo si le podía dar facilidades de pago. Accedí pensando que seguro nunca le iría a cobrar. Imposible hacer un juicio a alguien que vivía en una casita humilde, en un barrio humilde. A mi no me sobraba la plata pero yo era un profesional y vivía mucho mejor que don Omar. La primera vez me hizo ir a la casa, en un barrio vaya a saber donde, para cobrarle una primera cuota del arreglo. Después iba a mi trabajo y me pagaba cada mes la cuota. No había ningún contrato ni obligación escrita. Yo le daba un recibo de puño y letra. Si el tipo no me pagaba mas yo no podía hacer nada. Y así fue pagando, y pagando. Hasta que, cuando faltaba una cuota, la décima, y después de diez meses, el tipo no apareció mas. Y yo no lo fui a buscar ni lo vi nunca mas. Y no fui a agradecerle o a decirle sobre la lección que me había dado. Tal vez hasta no lo entendería en su honestidad maravillosa. El hombre era un gran tipo, uno de esos pocos que quedan o quedaban. Pago su deuda vendiendo helados. Tenia palabra, tenia honor y, en su humildad, en su pobreza, tenia un corazón y un honor como pocos. Que mas puedo agregar?! A casi veinte años de que ocurrió el evento extraordinario, don Omar Espinoza, le mando un gran saludo y ojala su vida haya ido bien y si ya no vive, estoy seguro que estará allí donde solo están las almas buenas…

 

Homenaje a don Omar Espinoza, y a los heladeros del mundo…(parte I)

El heladero me dio una lección...

Quien sabe por donde andaré el hombre. Si es que todavía vive. La historia es simple, pero importante. El sol quemaba. Serían las 4 o 5 de la tarde de un enero insoportable hace ya muchísimo tiempo, allá en la Mendoza natal. Hacia el oeste íbamos con mi mujer, embarazada de mi hija que ya tiene 20 años, bien con el sol en contra en aquel Gacel gris que tanto me gustaba, llegando al famoso estadio mundialista construido por los milicos en aquellos años negros de la Argentina. No veía la hora de llegar a la pileta de la Universidad para gozar una buena refrescada entre los cerros. Faltaba solo llegar al final de la curva, volver hacia el este y luego al norte para terminar la rotonda y entrar al oasis tan esperado. Pero, como suele ocurrir cuando algo es demasiado perfecto, la cosa iba se iba a echar a perder: a unos 200 metros iba un heladero, pedaleando en subida, con ese terrible calor, seguramente yendo el Cerro de la Gloria a hacerse unos pesos. El pobre tipo, para sumar desgracia a la ya natural por ser pobre en un país empobrecido, ni me vió, pensó vaya a saber qué, tal vez se cansó, tal vez cambió de idea, o tal vez quería inconscientemente arruinarse el día. Se cruzó delante mío justo cuando yo pasaba para volverse a contramano. La única suerte que tuvo fue que lo hizo lo suficientemente adelante para que cuando yo lo choqué, alcancé a frenar y no matarlo. Volaron los cucuruchos por el aire. El capó de mi bonito Gacel se levantó de tal forma que ya no pude ver nada. Agarré el pobre triciclo del tipo lleno de helados en el medio. Alla voló el pobre tipo y quedó casi abajo del triciclo. Solo el sol y algunos bichos del desierto eran testigos del desastre. Tal vez alguien vio el lío y se hizo el tonto. Y el calor era insoportable. Y los helados se burlaban tal vez dentro de aquel carro casi quebrado. Y no hubo discusión. Yo me enojé con el imprudente, me amargué por mi mujer con su embarazo pero me alegré que estaba bien. Me alegré que el tipo se pudo levantar pero cuando vi el auto, era un desastre…