Ausencia

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La silla donde nos sentábamos está toda descolorida…esperando.

Mi mente se resiste a pensar en otra cosa. Las ausencias, increíblemente, están presentes. Como fantasmas, me acechan en cada rincón. Aparecen al abrir un cajón, abrir una puerta o mirar un lugar. Nada hay más presente que una ausencia. Y mi mente se regodea en ellas. Las trae y no las deja estar donde deben: ausentes, en la nada.

La soledad es sólo una apariencia, una quimera, un sueño. La realidad son esas ausencias que están más presentes que nunca porque la mente, obsesionadamente, no las deja ir. Era todo más fácil cuando los ausentes estaban presentes. Mi mente y cuerpo podían concentrarse en la vida normal. Estaban libres e incluso podían darse el lujo de olvidar.

Ahora olvidar es imposible y esto es lo peor: la ausencia es todo el pasado junto. No sabe de tiempos. Trae a cada ausente en toda su existencia, lo presenta en todas sus apariencias, acciones, momentos y edades… único, atemporal y omnipresente. Flotando alrededor y viviendo en cada cosa o lugar que lo evoca y lo trae. A veces, uno estira una mano y parece tocar al ausente o se da vuelta en la cama y siente la presencia o mira un sillón o algo del ausente y, al tocarlo, siente al ausente presente. Es mental y es totalmente físico o palpable.

Busco maneras de olvidar, de no recordar, de eliminar al ausente, de ahogarme en cosas o verbos pero vuelven y vuelven a atormentarme. Se confunden con los sueños y, al hacerlo, el dormir y el estar despierto se transforman en una sola realidad o vivencia.

Hay algo peor que la ausencia? La muerte? Quién sabe? La muerte nos da la resignación de que el muerto ya no existe y no volverá, pero la ausencia nos dice que ese alguien está en alguna parte, viviendo, que puede volver o que podemos, o no,  ir a verlo.  Está doblemente presente en la ausencia y nos trae un sufrimiento especial, indescriptible e inentendible, al menos para mí.

Las sensaciones de dolor e inexplicabilidad que me provocan las ausencias son profundas e incisivas e imposibles de describir. Se parecen un poco a la tristeza, la melancolía,la rabia o el dolor de la muerte pero no son ninguna de ellas. Lo peor es que dura todo el tiempo. Es como que a uno le falta un brazo o una pierna o los dos o, peor aún, la mitad del cuerpo.

Con el tiempo, la ausencia se vuelve parte de uno y uno se acostumbra  a ir por la vida así, sin piernas o brazos u ojos. Uno busca, tontamente, otras presencias que tomen el lugar…

Maldita seas, ausencia…

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Cómo…

 

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Cómo comenzó la tormenta?

Como comenzó todo? Cómo se fue desbarrancando todo? Cómo mi vida normal, hecha de altibajos, rutinas y proyectos, alegrías y tristezas normales, paseos de fin de semana y proyectos de futuro profesional, se fue desmoronando? Cómo el caos y el stress comenzaron a tomar mi vida, las noches se volvieron de insomnio, las reacciones comenzaron a ser violentas, los pensamientos comenzaron a ser negativos, y los ataques de pánico (que les pasaban a otros) me atacaron? Cómo comencé a pensar que me volvía loco? Cómo terminó mi paz y comenzó una vida nueva, llena de problemas, incertidumbres, pesadumbres, tristezas y depresiones? Cómo comencé a vivir el día a día, el hora a hora y cómo mi mente comenzó a vivir en modo supervivencia? Trato de recordar el momento, el primer paso, el primer episodio y todo está como en una nube, confuso. La suma de años de problemas mezcló ese pasado como un ovillo infernal donde es imposible encontrar la punta. Miro hacia atrás y, a pesar de que el grueso del huracán pasó, trato todavia de pararme entre las ruinas, los desechos y el oleaje y peligros y pestes que dejó la tormenta desatada. Tratando de recordar como comenzó todo y no puedo…tal vez estaba escrito que así pasaría. Tal vez algo que había hecho décadas antes fue el hecho desencadenante o tal vez simplemente el azar o la mala suerte y algo que no dependió de mi en absoluto. Mi mente explora el pasado. Recorro lugares fatídicos que mi hijo recorrió, abro cajones y encuentro papeles relacionados con mi hijo, veo ropas de mi hijo, papeles escritos por él, mi mente vuelve a esos momentos terribles, a veces convencida de que todo fue un sueño y en algunos momentos, una puntada terrible hiere mi corazón y el dolor se apodera de mi alma.

Mañana

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Mañana triste.

Pasé la noche en vela…esperándolo. Se fué a eso de las diez de la noche para ir al otro día a internarse en ese centro de rehabilitación.-Ya vengo, voy a visitar a un amigo y despedirme, dijo. – No vuelvas tarde, respondí. No pude dormir, enojado, triste, burlado una vez más. Creo que dormité un poco, sobresaltado, suponiendo lo peor. A eso de las diez, pero de la mañana, apareció, como un zombie, mirada perdida, caminando como dormido, como perdido, chancleteando sus zapatos, despeinado y pasado de quién sabe qué. Se metió en el garage como si nada pasara. -Decidi volver, balbuceó. Lo llamé y lo eché. – Te esperé toda la noche le dije…andate! Y ahí nomás se fué, como tantas otras veces y como llegó, perdido. Ahí iba mi hijo, como si este mundo no fuera para él. Como un extraterrestre que no encuentra su lugar en el universo. Al verlo doblar la esquina, lloré y lloré…

Pelota

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Tesoro perdido

Tarde de fútbol. Tarde de callejear. Tarde de explorar las calles de tierra con deseo infantil. Llevo la pelota abrazada contra mi cintura, como un tesoro. Corremos felices hacia la cancha de tierra, llena de piedras y de ilusiones. El sol brilla; lunes, martes, miércoles? quién sabe? Luego llegan ellos, silenciosos y desafiantes. Más grandes, más malos, más pendencieros. Uno de ellos se arroja hacia la pelota, empuja a algunos de nosotros y corre con esa pelota casi nueva que mi papá me regaló. Mi tesoro. Corre mas rápido que nosotros. Corremos aunque sabemos que si se parara no podríamos sacársela. Corremos detrás por instinto hasta que, llegando a unos edificios, este maldito la patea bien fuerte, alto y mi tesoro se pierde entre los techos infinitos. Se van, entre risas y me quedo, nos quedamos, rotos como vidrios…

Días

Tristeza

Días en los que todo me recuerda a vos.

Hay días en los que el pasado no me atormenta. Hay días en los que puedo vivir el presente, el aquí y ahora sin preocuparme por lo que pasó. Hay días en los que el futuro y el presente se unen en armonía y siento que todo lo que tengo, incluso la posibilidad de escribir, son regalos que no puedo despreciar. Hay días en los que puedo recorrer los lugares que recorrimos juntos, sin que nada me ponga triste o nostálgico. Días en los que nada puede derribarme y puedo pensar en el futuro sin preocuparme. Hoy no es uno de esos días. Hoy el pasado me asalta en cada rincón, cada paso que doy, cada palabra que escribo. Hoy no puedo olvidarte ni pensar en nadie más. Pero al no tenerte, siento como que estoy muerto, sin futuro ni presente, sin vida ni alimento. Hoy todo es pasado y recuerdos. Cosas viejas que he dejado en su lugar como para tenerte cerca. Hoy siento que debo hacer algo para crear un futuro sin vos, sin tu presencia. Afortunadamente, días como estos son cada vez menos.

Sentimientos que azotan

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Sentir el dolor y no saber qué hacer.

Puede uno acostumbrarse al dolor, la pena, la angustia y la tristeza? Puede uno navegar años por un mar de desesperanza, luchando por cambiar eso que nos lleva a estos estados, sin ver resultados y sin caer en pozos aún mas profundos que nos lleven, tal vez, a la muerte (física o en vida, traducida en inacción, depresión e inacción)?

Hay un pozo final donde caemos, finalmente, víctimas de tantos golpes, como cae un boxeador luego de ese último golpe, que no sería el que lo tira sino fuera porque recibió cien otros antes? O podemos mantenernos de pie, o levantarnos, salvados por un “gong” o una toalla o unas palabras en el rincón?

Nos sirve el llanto eternamente? o la terapia? o el sexo? o el “shopping”? Hay que esperar? Tantas, tantas preguntas me hago en estos tiempos de dolor, de cosas que no se resuelven, de penas y llantos que me asaltan sin esperarlo, de atontamientos.

Sí sé que nada puede hacer para cambiar esa realidad que me azota, me carcome y me disuelve el corazón. Sí sé que no es mi culpa pero me afecta. Sí sé que mi energía es limitada y cuando la consumo en dolor, llanto y desesperanza, se me agota y me queda menos para la risa, la alegría y el placer. Sí sé que también mi tiempo es limitado y no puedo darme el lujo de sufrir tanto.

Pero aún sabiendo todo eso, no es suficiente. Los latigazos siguen llegando, y si no llegan, están los recuerdos, las cicatrices de esos latigazos, que los veo cada vez que me veo el espejo y me los recuerdan.

Días de dolor, de alegrías impuestas y de preguntas sin muchas respuestas…

 

 

Tristeza

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Una de los que se enriquecio a costa de la gente…una de tantos…los que causan tristeza…

Y si, la tristeza me invade otra vez. Como tantas veces que leo los diarios de Argentina, tan lejos y tan cerca a veces. Cuando leo las mentiras de los funcionarios. Anoche me llenaba de tristeza un dialogo entre Julio Barbaro, un peronista de esos que supuestamente son respetables porque conocieron a Peron y un ignoto (afortunadamente no recuerdo su nombre) que defendia al gobierno de Cristina Kirchner. Era triste escuchar al defensor del gobierno balbucear incoherencias de todo tipo, obvias, para justificar una gestion calamitosa y tal vez su sueldo. Ver los noticieros mostrando a la gente sin luz, en medio de la lluvia, tratando de comprar queso o leche sin que le alcance llena de tristeza. Mas uno se llena de tristeza cuando unos cuantos son millonarios a costa de toda esa gente. Despues de un rato, me dedique a prepararme para mi dia siguiente de trabajo, aqui en Houston, lejos de esa Argentina que entristece…

Mala tarde…

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Ahora llueve…

Y perdió el control nomas…después de meses y meses de espera, de idas y venidas, de llantos y risas, de promesas que no se cumplían y tal vez nunca se cumplirán, después de miles de intentos, de poner horarios, de comprender, de dialogar, de negociar, de contener la violencia, el dolor y las ganas de gritar. Después de horas de espera, de noches de espera y de días de espera, la paciencia se acabó. Y sí que intentó todo. Le compró cosas, le aguantó cosas, le pidió cosas de buenas maneras, miró para otro lado, disimuló, hizo la vista gorda, quedó mal con los otros hijos, quienes lo acusaban de favoritismo. Lo mandó al médico, lo trató bien e incluso, lo abrazó…

Pero hoy, esta tarde, justo cuando hacía frío y estaba nublado, cuando estaba cansado porque llegaba de trabajar, subió a la habitación, siendo las 6 de la tarde y no soportó más. Lo vió otra de tantas, tantísimas veces, dormido, con el pelo sucio, con cara de haber dormido todo el día, con el olor a hierba inundando el ambiente, con el desorden, la mugre, las cosas tiradas, los canastos llenos de basura, los cables enredados, la ropa tirada, y lo peor, la cara de “yo no fui”, de “qué pasa?” de “cual es el problema?”

Y ahi voló lo cachetada de la que después se arrepintió y lo echó, lo echó. Y ahora llora y no sabe qué hacer…

Fin de la vida…

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Una tarde como tantas…

Vemos muerte todos los días, en los diarios, en la TV, en las películas. Muertes reales, muertes irreales. Números de muerte, estadísticas, fotos de cadáveres, de asesinos y de asesinados. Distintos tipos de muerte, naturales, accidentales, ataques terroristas o en una autopista. Pero cada tanto nos toca de cerca. Así, un día, como el de ayer, ayer, un día más de tantos, algo caluroso, “parcialmente nublado”, mi amiga murió; fue muriendo de a poco, lentamente, cada día un poco más fue alejándose de esta vida, de este mundo. Ese cuerpo fue diciéndole adiós a su alma y nos fue diciendo adiós a todos. Esa belleza corporal fue desapareciendo. Esa carne fue desapareciendo. Esas fuerzas fueron muriendo. Su voz se fue apagando y un día sus ojos se cerraron. La última vez que la ví ya casi no respiraba, inconsciente, tal vez escuchando mis palabras o sintiendo mi mano tibia en la de ella, en su lecho de muerte. Quién sabe dónde estaría en ese momento y dónde esté ahora. Ya inició ese viaje misterioso a quién sabe dónde y a donde llegaremos todos, algún día…Adiós amiga…yo sigo aquí, luchando, buscando la felicidad, viviendo…espérame…ya llegaré, cuando mi cuerpo también se canse. Un día, como el de ayer, murió mi amiga. Esa tarde, la de ayer, el sol brillaba enfrente mío, las nubes, gigantes, dejaban ver sus rayos. La belleza era increíble. Era la última tarde de mi amiga Elena sobre la Tierra…