Viaje en el tiempo…

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Viajar en el tiempo no es imposible…

Por algun motivo, su mente volvia una y otra vez a los recuerdos de su infancia, juventud y madurez. Ya orillando los 60, su vida se sentia ya larga, sinuosa y llena de historia. Su presente ya no era tan feliz, su cuerpo ya no le respondia tan bien como antes. Por ahi se sorprendia mirandose al espejo intentando encontrar nuevas arrugas o desgastes de los golpes de la vida. No era un tema de salud. Era un tema de su mente. Salia a caminar y recordaba y recordaba…Comenzo todo una tarde. Estaba en un parque, sentado mirando unos patos en un lago de un parque…de pronto, su mente comenzo divagar recordando un partido de futbol en aquella cancha de tierra de su infancia, cayendo la tarde. Recordo el sol cayendo sobre la cordillera mendocina, a lo lejos, la noche llegando y como seguian jugando a pesar de la noche y como se llevo por delante ese poste de la cancha por la oscuridad y como quedo negro su ojo durante semanas. Cuando volvio en si, ya era de noche. La segunda vez ocurrio caminando por ese bosque al que le gustaba ir a escuchar los sonidos de pajaros y del viento. De repente, caminando, comenzo a recordarse caminando una noche por la desierta calle General Paz, a las 3 en la madrugada, con su sobretodo y algo de agua nieve y unos policias con perros acercandose, pidiendole los documentos y llevandolo a la comisaria de la calle Godoy Cruz, tenerlo incomunicado por tres dias, en un calabozo, la cicatriz y el rostro de ese hombre semidesnudo, la botella de Coca Cola cayendo en la boca de ese pobre chico al que los policias torturaban solo por placer, barriendo la comisaria con el sol de julio brillando en aquel amanecer durante la dictadura. Desperto ya casi en su casa sin saber como habia llegado. La tercera fue mas increible. Paseando por Galveston, sintiendo la humedad del aire del Caribe, se encontro en esa carpa en Mar de Ajo, el humo afuera, la invasion de mosquitos, la patota queriendo entrar y atacarnos a nosotros y a esas chicas que habiamos conocido esa noche. Pero esta vez no desperto…siguio ahi, dentro de esa carpa, escuchando los gritos de esos desaforados que querian entrar en la carpa, borrachos y llenos de bronca. Los golpes, los gritos, y el silencio…

Leyendo a Cortazar y recordando…

11_Vereda nueva y poda Uspallata

Sucias o limpias, viejas o nuevas…gastaron mis zapatos…

Este poema de Cortazar me hizo emocionar y recordar Mendoza…

 

De pibes la llamamos la vedera

y a ella le gustó que la quisiéramos.

En su lomo sufrido dibujamos tantas rayuelas.

 

Después, ya más compadres, taconeando,

dimos vueltas manzana con la barra,

silbando fuerte para que la rubia

del almacén saliera a la ventana.

 

A mi me tocó un día irme muy lejos

pero no me olvidé de las vederas.

Aquí o allá las siento en los tamangos

como la fiel caricia de mi tierra.

 

Poema “Veredas de Buenos Aires” de Julio Cortázar (1914-1984)

 

 

 

Tarde de billares en Mendoza

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Tarde de billares…

Tarde calurosa en Mendoza. Calles vacías a la siesta. Urgencia de billar. Calle San Martín frente al ACA. Busco en el lugar alguien para jugar. Nadie. Pido un cafecito y me siento a mirar un partido. Muchas caras conocidas. Personajes del billar, parroquianos de casi todos los días y todas las noches. Ventiladores al mango. Otra vez los recuerdos de esa Mendoza de hace mil años me asaltan. De repente, un amigo aparece y nos ponemos a jugar “en la dos” a tres bandas. La calma se rompe. Cae un tipo al lado mío. Le decían “el burro”. Así, tirado, viene el otro y le da patadas en el suelo. Yo miro estupefacto al lado del tipo caído la pateadura. El que le pega es llamado ” el soldado”. Me mira el tipo desafiante y yo no muevo un músculo, con el taco en la mano. Todos miran sin decir ni hacer nada. Dos o tres que no se de donde salen aprovechan que el tipo para y lo agarran y tal vez me salvan a mí de que el tipo me pegue sin razón porque estaba como loco y tal vez le salvan la vida o de ir al hospital al “burro” que se levanta sangrando, con la nariz desfigurada y tajos en la frente y la nariz. El pobre tipo se tambalea y se va como puede. Yo y mi amigo seguimos jugando. Se llevan al “soldado” a quién sabe dónde. El “burro” se va como puedo con dos o tres amigotes. Afuera, la tarde arde y yo me alegro de mi suerte…

El recuerdo

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Algo del camino lo llamo pero no fue suficiente…

Corriendo. Sin pensar, solo gozando el momento. De repente, mi mirada se detiene en el camino, se concentra, se pone atenta. Todo pasa a un segundo plano. No puedo detenerla. Sigo corriendo pero mis ojos miran sin mirar, y mi mente se prepara para recibir “el recuerdo”. Ya casi esta todo listo. “El recuerdo” casi, casi me alcanza, puedo notarlo, olerlo, sentirlo cerca. Es la brisa, las hojas cayendo, el ritmo de mi paso que lo trae? Hay algo que lo llamó? Un segundo, o menos, y va tomando forma. Y por un instante, cuando ya casi lo tengo, siento que lo pierdo, que ya no lo alcanzare, o me alcanzara. El recuerdo se va, se escapa, se desvanece, como asustado, incompleto y se va. Sigo corriendo, intentando alcanzarlo, pero ya es inútil, se ha ido, al lugar de donde venía y se quedará, tal vez, para siempre, inalcanzable…

Una tarde en Las Heras hace mil años…

Calles de tierra, que no dicen nada, con fondo de montañas, recuerdos, sueños, hogar para bien o para mal...

La calle San Miguel de  Las Heras, en aquella Mendoza lejana (habra sido un sueño?), está llena de niños. Cada tanto pasaban los autos o micros (la línea 37 con esos colores rojo y blanco similares al equipo de River del que yo era hincha de chiquito) ya desde hacía bastante tiempo. A todos nos gustaba jugar en la calle o en la tierra de la calle o de las orillas. Ahi estaba la gordita hija del gerente del Banco de Mendoza, Cristina, Ricardo y su hermana Mabel que tanto me gustaba (por donde andarán?), la Betty, su hermano “el” Oscar, su papa, que manejaba un micro (Borgioli se llamaba?), Marquitos, el chico en silla de ruedas que vivía a la vuelta y que murió, Daniel, hijo del relojero que vivía a dos casas, los Domizi (que tenían mas plata) al lado, los Brizoli (todos tanos), el pibe de enfrente que a veces me invitaba a su casa y tantos, tantos otros. Y ahí estamos todos, jugando al “pisipizuela” (se escribirá así?).  Ahí estamos todos, niños otra vez y todo el futuro por delante; el sol brilla, el tiempo esta intacto, el reloj de la vida recién se ponía en marcha…Habrá sido un sueño?