Correr…

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Una de las siete maravillas del mundo?

Hoy sali a correr después de dos semanas. Intento correr cada dos días ya que eso me produce mucho placer. Al comienzo no es fácil, siento como un cansancio, un jadeo, hasta que, pasados unos cinco minutos, el cuerpo comienza a acostumbrarse, el corazón comienza a sentirse cómodo y las piernas comienzan a entrar en calor. Después de los diez minutos, uno siente mayor plenitud, la respiración intento que sea pausada y rítmica y el paso regular. Después de los 15 minutos comienza el placer. El cuerpo vuela, los músculos se sienten calientes, el sudor comienza a resbalar por la cara y suelo tocarme la espalda y sentir con placer el sudor. A veces el sudor salino entra en mis ojos y me lo seco con una muñequeras que llevo. Me gusta correr tanto en verano como en invierno. Tengo la suerte que donde vivo hay bosques con caminos ideales para correr. Nada mejor que ver el solo colarse entre los arboles, o correr entre las hojas en otoño. A veces corro en la lluvia y me gusta sacarme la camisa para sentir el agua. A veces de noche salgo con una linterna y me gusta sentir la soledad de la noche. En verano, si es posible, lo hago cuando cae la tarde, para sentir el calor, la humedad y el sudor al máximo (considerando que en Houston el verano es infernal soy bastante valiente). En invierno me gusta abrigarme bien y sentir el sudor y el calor contenido. Hace dos semanas sentir un dolor en mi pantorrilla que me dejo rengueando. Hoy me anime a salir y corrí de a un minuto y de a dos y sentí la felicidad de que el dolor desapareció.

Porque sentiré esa felicidad y plenitud al correr y especialmente al final, cuando, extenuado, vuelvo a mi casa caminando por esos bosques que la rodean? Pocas veces siento esa comunidad de cuerpo y mente. Dicen que se liberan endorfinas o algo así. Sea lo que sea, es placentero y cambia mi perspectiva de las cosas. Soy uno cuando salgo y otro cuando vuelvo. Uno mejor supongo…bueno, logre escribir mi primer post meramente descriptivo…

Tarde de billares en Mendoza

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Tarde de billares…

Tarde calurosa en Mendoza. Calles vacías a la siesta. Urgencia de billar. Calle San Martín frente al ACA. Busco en el lugar alguien para jugar. Nadie. Pido un cafecito y me siento a mirar un partido. Muchas caras conocidas. Personajes del billar, parroquianos de casi todos los días y todas las noches. Ventiladores al mango. Otra vez los recuerdos de esa Mendoza de hace mil años me asaltan. De repente, un amigo aparece y nos ponemos a jugar “en la dos” a tres bandas. La calma se rompe. Cae un tipo al lado mío. Le decían “el burro”. Así, tirado, viene el otro y le da patadas en el suelo. Yo miro estupefacto al lado del tipo caído la pateadura. El que le pega es llamado ” el soldado”. Me mira el tipo desafiante y yo no muevo un músculo, con el taco en la mano. Todos miran sin decir ni hacer nada. Dos o tres que no se de donde salen aprovechan que el tipo para y lo agarran y tal vez me salvan a mí de que el tipo me pegue sin razón porque estaba como loco y tal vez le salvan la vida o de ir al hospital al “burro” que se levanta sangrando, con la nariz desfigurada y tajos en la frente y la nariz. El pobre tipo se tambalea y se va como puede. Yo y mi amigo seguimos jugando. Se llevan al “soldado” a quién sabe dónde. El “burro” se va como puedo con dos o tres amigotes. Afuera, la tarde arde y yo me alegro de mi suerte…

Homenaje a don Omar Espinoza, y a los heladeros del mundo…(parte I)

El heladero me dio una lección...

Quien sabe por donde andaré el hombre. Si es que todavía vive. La historia es simple, pero importante. El sol quemaba. Serían las 4 o 5 de la tarde de un enero insoportable hace ya muchísimo tiempo, allá en la Mendoza natal. Hacia el oeste íbamos con mi mujer, embarazada de mi hija que ya tiene 20 años, bien con el sol en contra en aquel Gacel gris que tanto me gustaba, llegando al famoso estadio mundialista construido por los milicos en aquellos años negros de la Argentina. No veía la hora de llegar a la pileta de la Universidad para gozar una buena refrescada entre los cerros. Faltaba solo llegar al final de la curva, volver hacia el este y luego al norte para terminar la rotonda y entrar al oasis tan esperado. Pero, como suele ocurrir cuando algo es demasiado perfecto, la cosa iba se iba a echar a perder: a unos 200 metros iba un heladero, pedaleando en subida, con ese terrible calor, seguramente yendo el Cerro de la Gloria a hacerse unos pesos. El pobre tipo, para sumar desgracia a la ya natural por ser pobre en un país empobrecido, ni me vió, pensó vaya a saber qué, tal vez se cansó, tal vez cambió de idea, o tal vez quería inconscientemente arruinarse el día. Se cruzó delante mío justo cuando yo pasaba para volverse a contramano. La única suerte que tuvo fue que lo hizo lo suficientemente adelante para que cuando yo lo choqué, alcancé a frenar y no matarlo. Volaron los cucuruchos por el aire. El capó de mi bonito Gacel se levantó de tal forma que ya no pude ver nada. Agarré el pobre triciclo del tipo lleno de helados en el medio. Alla voló el pobre tipo y quedó casi abajo del triciclo. Solo el sol y algunos bichos del desierto eran testigos del desastre. Tal vez alguien vio el lío y se hizo el tonto. Y el calor era insoportable. Y los helados se burlaban tal vez dentro de aquel carro casi quebrado. Y no hubo discusión. Yo me enojé con el imprudente, me amargué por mi mujer con su embarazo pero me alegré que estaba bien. Me alegré que el tipo se pudo levantar pero cuando vi el auto, era un desastre…