La torre que soñé

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Miniatura de mi torre soñada

Hoy vuelvo a escribir. El incesante golpeteo de la rutina diaria en mi cara, como llovizna molesta, no me deja avanzar, ir a donde quiero. Me desvía, me retrasa y lo peor, no me deja ver bien. La vorágine de mi vida de despertadores que suenan, duchas pospuestas, comidas apuradas, frases hechas, sonrisas forzadas, jefes insoportables y fríos, camisas y corbatas, papeles, reportes y viajes, noticias de un mundo apocalíptico, me ha hecho olvidar mi camino, mis proyectos, esos sueños que alguna vez tuve y se fueron diluyendo en esperas, justificaciones, necesidades de dinero, de casa y de comida. Esas putas necesidades fisiológicas me ganaron la batalla. Los infinitos “lo hago el fin de semana que viene” me trajeron hasta un punto donde ya no hay un puerto de embarque hacia el destino soñado. Hacia los destinos soñados, que fueron muchos. La vida soñada se transformó en una cuenta bancaria, una o dos casas, un hijo drogadicto y uno “normal”, y un trabajo que siempre intenté dejar pero que dió dinero.

Y allí voy, por esa autopista de seis carriles cada mañana, arrojado al mundo, corriendo para llegar entre miles de vidas encapsuladas en sus autos hacia sus destinos tampoco soñados. Escuchando por la radio las canciones que algún rockero millonario impuso, o las noticias sobre un poderoso millonario que quiere manejar el mundo con la misma codicia e inmoralidad que manejó su vida.

Y toda esa fuerza que alguna vez tuve para cambiar el mundo y mi vida retrocede, herida, golpeada, maltratada por la fuerza invencible de la rutina de la necesidad. Envidio un poco a ese pobre homeless que veo allí, mientras espero el semáforo en mi Honda CR-V, pidiendo con un tarrito en la esquina oscura:”Please, 25 cents. I don’t drink”. Es mi vida mejor? me pregunto.  Me da el verde y avanzo hacia mi destino, construido, ladrillo a ladrillo, día a día, minuto a minuto: una torre inmensa cuyo derrumbe me llevaria al suelo donde alguna vez comencé a construirla.

Hoy paro por un minuto de construirla. Me pongo a escribir. Pierdo el tiempo. Detengo esa obra monumental que no se parece casi en nada al proyecto que soñé. Hoy paro un minuto y escribo. En un rincón de la torre inmensa, sigo construyendo la miniatura de la torre que soñé.

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