Patquía

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Llegada al planeta Patquia

El ómnibus llegó,como tantas otras veces, de noche. Luego de viajar en la total oscuridad, las luces fueron apareciendo, a lo lejos. Luces de un poblado fantasmal. Luces mortecinas algunas y casitas desparramadas, que iban apareciendo, de tanto en tanto, hasta que, en medio del tierral, en un gran descampado, algo que parecía una terminal, un negocio cerrado, pegado a algo asi como un comedor-bar, nos recibía. A veces había otro micro ahí parado, a veces nada. Patquía se llamaba. Un lugar fantasma que, por cosas del destino era un punto de paso de ómnibus que iban a todas partes. Un pueblo que si no fuera por esa condicion geográfica, estaría mas muerto de lo que estaba. Me bajaba, anticipando las sensaciones.  Ahí, en medio de la nada, el paisaje se formaba con algunos perros vagabundos oliendo y buscando algo para comer, luces que salían del comedor-bar que usualmente se llenaba de comensales para ver a Tinelli, único programa tal vez que llegaba por el canal de aire en un televisorcito de morondanga. El olor a fritanga y comida salía por alguna parte. Algunos jóvenes andaban por ahí tal vez entreteniéndose con los pasajeros que bajaban cada tanto de esos ómnibus. Algunos vagabundeaban tal vez esperando que alguien les diera algo. Ahí se mezclaban los lugareños, tipos de traje y corbata y mujeres con niños llorando.

Ahí yo esperaba, en ese lugar perdido, sin horario, sin tiempo, algún micro que me llevara a casa durante la noche. Con suerte hasta Mendoza, con menos suerte hasta San Juan. A veces, me quedaba en ese infinito oscuro y grotesco horas y horas. A veces, sólo minutos ya que el azaroso ir y venir de ómnibus jugaba con mi suerte. Quien no ha estado en Patquía no conoce esa sensación de infinito y eternidad, donde el tiempo está detenido. Durante dos años llegué a ese lugar, una vez por mes, y cada vez, el lugar era el mismo, sin cambios, parado. Era volver al infinito y a la nada. Mi tiempo se detenía y era el deja-vu perfecto. Las mismas luces, el mismo boliche, el mismo programa y las mismas personas, ya que las caras de los desconocidos son todas iguales.

A veces caminaba por ahí, no yéndome muy lejos ya que el micro salvador podía llegar en cualquier momento, y solo encontraba negrura y la nada. El lugar era como estar suspendido en un planeta en medio del universo. Una estación planetaria de la que sólo se podía salir en una nave espacial. Tenía la sensación de estar caminando en una esfera, en un planeta enano, parecido a aquel del Principito, ya que alejarse del boliche iluminado, me llevaba como a un precipicio.

El planeta Patquía me esperaba y las sensaciones eran intensas, profundas, inigualables. Ni Venecia ni Milan ni New York se le comparan. Patquía era única e inigualable, real, grotesca, temible y amable al mismo tiempo; verdadera. Y por todo eso, fantástica.

 

 

Nuestro yo verdadero y oculto

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Nos sacamos la máscara por muy poco tiempo…

Muchos libros que leí me enseñaron cosas, a pesar de que la experiencia es el mejor maestro. Recuerdo uno de Jose Ingenieros sobre la simulación en la lucha por la vida que leí hace tanto tiempo.  En tiempos de conexiones inalámbricas, wi-fi, instagram, You-tube, facebook y tantas otras formas de comunicarse, los espacios de sinceridad y verdad han disminuido increíblemente y viene a mi mente aquel librito sencillo pero tan acertado.

Ya sabemos que lo que vemos de lo demás es mentira, así como es mentira lo que mostramos de nosotros. Los verdaderos yos están totalmente ocultos y es difícil conocer realmente a las personas. Saludamos, sonreímos, contamos las historias o partes de las historias que queremos, mentimos a nuestros jefes y subordinados, familia y amigos. La mentira y simulación, a la manera de los camaleones y otros animales que se esconden o se confunden con lo que los rodea, son la clave de la supervivencia.

Lo único que nos queda son esos espacios de verdad, aquellos que contamos a nuestros sicólogos (en parte), o cuando las emociones fuertes nos toman. Las grandes alegrías o euforias o los grandes dolores, las reacciones violentas o emocionales. Los atisbos de realidad que mostramos o muestran las personas en esos momentos límite. Algunos ni eso muestran. Digamos que hay algo así como un 10% que puede llegarse a descubrir de los otros o, puesto de otra manera, en nuestra relación con los otros, hay un 10% del tiempo en que somos nosotros mismos y los demás son quien en realidad son.

En esos momentos mágicos, donde nos revelamos como somos y nos revelan los demás como son, podemos morir, emocionarnos, sentir el amor o el verdadero dolor, alcanzar la plenitud y la inmortalidad. Son los momentos de total integración y emoción, donde somos realmente humanos, nos damos el lujo de llorar o reir a pleno, ser débiles o fuertes, violentos o lujuriosos u honestos. Luego, durante el 90% restante volvemos a la normalidad, a trabajar, a seguir simulando para poder sobrevivir, ahora, con mayor prolijidad, con mayor profundidad, con la ayuda inmejorable de facebook, instagram, you-tube y otras yerbas, que ayudan a ocultar, tapar, disimular aún más ese yo casi inalcanzable. Ya podemos incluso crear yos alternativos y virtuales que viven en esos ciberespacios solo poblados por fotos, imágenes, movimientos y paisajes tan irreales como sus dueños.

Cómo…

 

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Cómo comenzó la tormenta?

Como comenzó todo? Cómo se fue desbarrancando todo? Cómo mi vida normal, hecha de altibajos, rutinas y proyectos, alegrías y tristezas normales, paseos de fin de semana y proyectos de futuro profesional, se fue desmoronando? Cómo el caos y el stress comenzaron a tomar mi vida, las noches se volvieron de insomnio, las reacciones comenzaron a ser violentas, los pensamientos comenzaron a ser negativos, y los ataques de pánico (que les pasaban a otros) me atacaron? Cómo comencé a pensar que me volvía loco? Cómo terminó mi paz y comenzó una vida nueva, llena de problemas, incertidumbres, pesadumbres, tristezas y depresiones? Cómo comencé a vivir el día a día, el hora a hora y cómo mi mente comenzó a vivir en modo supervivencia? Trato de recordar el momento, el primer paso, el primer episodio y todo está como en una nube, confuso. La suma de años de problemas mezcló ese pasado como un ovillo infernal donde es imposible encontrar la punta. Miro hacia atrás y, a pesar de que el grueso del huracán pasó, trato todavia de pararme entre las ruinas, los desechos y el oleaje y peligros y pestes que dejó la tormenta desatada. Tratando de recordar como comenzó todo y no puedo…tal vez estaba escrito que así pasaría. Tal vez algo que había hecho décadas antes fue el hecho desencadenante o tal vez simplemente el azar o la mala suerte y algo que no dependió de mi en absoluto. Mi mente explora el pasado. Recorro lugares fatídicos que mi hijo recorrió, abro cajones y encuentro papeles relacionados con mi hijo, veo ropas de mi hijo, papeles escritos por él, mi mente vuelve a esos momentos terribles, a veces convencida de que todo fue un sueño y en algunos momentos, una puntada terrible hiere mi corazón y el dolor se apodera de mi alma.

Felicidad

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La felicidad es sólo estar…sin dolor …REAL.

Hoy manejaba a mi trabajo, como siempre, en la madrugada oscura, entre los cientos de autos y luces de la autopista, con una lluvia fina y acelerando donde podia ya que me gusta la velocidad. El viaje me lleva unos 20 minutos y, mientras escuchaba Lazarus de Bowie, salgo de la autopista tratando de pasar un camión y una camioneta de esas grua se me va a cruzar. En ese milésimo de segundo que uno toma decisiones (que pueden costar caro), acelero más y logro meterme delante sin un roce.

Aliviado, sigo saliendo y llego en 5 minutos, pensando qué otra historia hubiera sido si mi cálculo fallaba y donde estaría ahora en lugar de escribir estas tontas líneas. La sensación de alivio, casi de felicidad me invadió. Venía como cansado, apesadumbrado por mi trabajo que ya no me gusta y de repente, esa maniobra me devolvió la felicidad y las ganas de vivir. Sentí mi cuerpo, que estaba vivo, que nada me dolía y que pronto iba a estar con mis alumnos otra vez, sano y salvo.

Qué tonta es la vida…llena de momentos de felicidad e infelicidad dados o quitados por tontas cosas que nos pasan o que hacemos. Me preguntaba porqué había sentido esa felicidad y no la sentía antes y me dí cuenta que la felicidad y el alivio surgen a partir de los riesgos reales, las situaciones de real dolor y peligro que vivimos y que, cuando pasan, nos alivian el alma.

Sería algo así como un concepto negativo de la felicidad. La ausencia de peligro o dolor REAL. Recordé esa frase que dijo un médico (tal vez por ser médico), Gregorio Marañón:

“La felicidad es un sentimiento negativo: la ausencia de dolor”

Por supuesto que hay felicidades “positivas”. Pero de eso supongo escribiré después. Ojalá me dure ésta…

Mañana

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Mañana triste.

Pasé la noche en vela…esperándolo. Se fué a eso de las diez de la noche para ir al otro día a internarse en ese centro de rehabilitación.-Ya vengo, voy a visitar a un amigo y despedirme, dijo. – No vuelvas tarde, respondí. No pude dormir, enojado, triste, burlado una vez más. Creo que dormité un poco, sobresaltado, suponiendo lo peor. A eso de las diez, pero de la mañana, apareció, como un zombie, mirada perdida, caminando como dormido, como perdido, chancleteando sus zapatos, despeinado y pasado de quién sabe qué. Se metió en el garage como si nada pasara. -Decidi volver, balbuceó. Lo llamé y lo eché. – Te esperé toda la noche le dije…andate! Y ahí nomás se fué, como tantas otras veces y como llegó, perdido. Ahí iba mi hijo, como si este mundo no fuera para él. Como un extraterrestre que no encuentra su lugar en el universo. Al verlo doblar la esquina, lloré y lloré…

Siesta en Mendoza

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Sólo esa luz me acompaña.

Siesta. Calor. Enero. Verano. Mendoza. La casa tiene dos pisos. Mi casa natal. Arriba calor; abajo, un pequeno hall de baldosas. El calor de la siesta mendocina de enero insoportable. Obligado al silencio porque mi padre duerme porque va a trabajar de noche, alli me quedo, tirado sobre la baldosa fresca, apoyando la espalda desnuda lo mas que puedo, para aplacar el calor o no sentirlo, respirando el aire encapsulado pero fresco; en la oscuridad rota solo por rayos y brillos de sol debajo de la puerta que da a la calle. Siestas eternas, sin salida, sin pileta, sin disfrute. Eternas siestas de la niñez ensimismado en mis pensamientos y no pudiendo abrir la boca. Solo me acompaña esa foto de almanaque con una morocha en bikini, una almohada por si me duermo, ruidos de algunos autos que pasan, cansados, bajo el calor. Tres de la tarde, cuatro de la tarde. Sueno con agua, con piscinas, con juegos en el agua. Pero allí estoy, condenado a mi niñez de encierro y silencio, o de gritos y violencia. Siesta en Mendoza.

Otra vida

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Es posible otra vida en vida o solo despues de la muerte?

Hoy me desperte mejor. Ya no me dolia el estomago y el ardor que siento desde hace un tiempo en mi cadera no me molestaba tanto. Anoche comi poco, mire Netflix y luego me fui a dormir a las doce de la noche con una pastillita que me dio un medico amigo. La vengo tomando hace tiempo y ya no se si me ayuda a dormir por lo que contiene o por la tranquilidad que me da. Mi hijo enfermo lejos con su madre. Mi otra hija de viaje. La otra visitando su madre. La soledad me acosa y algunas damas de compania van y vienen pero no llenan el vacio de mi vida. Cuando me enfermo y no tengo energias me siento mal pero la parte buena es sentirme mejor cuando pasa.

Y asi me fui a trabajar, como todos los dias, sonando con cambiar de trabajo como siempre pero volviendo a casa demasiado cansado como para ponerme a buscar. Hoy es viernes y el fin de semana asoma brillante, como un sol al amanecer. No porque hare nada en especial sino porque descansare, dormire, ordenare la casa y disfrutare mi soledad. Ire a correr seguramente a ver como sigue mi pierna. Mi gran duda es si llamare a la mujer esa con la que nos juntamos a hacer el amor los fines de semana o me encontrare con la venezolana que conoci por internet, o si simplemente charlare con algunos desconocidos en Second Life.

No tendria de que quejarme pero siento dentro de mi la urgencia de la busqueda por otra vida. Otra vida, cambio, volar, ser otro, cambiar de trabajo, de geografia y hasta de idioma. Siento esa urgencia y no la puedo canalizar, no puedo esperar, y no se por donde buscarla. Ahi tengo los numeros de una sicologa a la que nunca llamo y ahi tengo las pastillas que me dio el siquiatra que dice que estoy deprimido, pero nunca las tomo.

El lunes les cuento como me fue.

Better call Saul o el mito del self-made-man

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Admirable “self-made man”. 

Estoy cansado de las peliculas de Hollywood con sus lugares comunes. La lista es interminable. Los mensajes subliminales casi infinitos. Lo interesante es que nunca cambian. Pero hay uno en particular que me molesta mucho. En cualquier pelicula donde aparece una familia supuestamente responsable, siempre aparecen los padres ahorrando dinero para la educacion de sus hijos y enviarlos a las mejores universidades ya que segun la universidad donde van sera su status y dinero que ganaran. No me interesa mencionar el mensaje clasista sino el hecho de que esos hijos siempre aparecen protegidos por sus padres como si fueran estupidos incapaces de trabajar y pagarse los estudios. Esa idea de extrema proteccion para esos hijos es totalmente contradictoria con la ideologia estadounidense del “self-made man”. Implica la idea de que esos hijos son tan tontos que no podran salir adelante sin padres que ahorren dinero para ellos. Me pregunto porque. Creo que la explicacion es que para ellos la idea de ahorrar, ser buen ciudadano y pagar las cuentas es mas importante que la de ser una persona independiente y con capacidad para salir adelante. Son muy pocos los casos de peliculas donde esa idea no esta. Una que me gusto es la serie “Better call Saul” en Netflix, de Vince Gilligan. Alli el hombre ( un excelente actor de apellido Odenkirk) estudia y trabaja y logra ser abogado por si mismo e una universidad desconocida a puro esfuerzo. El personaje es retratado con toda su humanidad y fuerza, en contraposicion con su hermano que fue a una buena universidad y es funcional al sistema. Increible hallazgo, aunque por supuesto “Saul” es un poco, digamos…delincuente. No podia ser perfecto…

El tiempo no existe

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El tiempo no vale nada sin vivencias y es infinito si se llena de ellas.

Despues de dudarlo mucho vuelvo a escribir. Tal vez debería escribir algo todos los dias, aunque sea cortito. Este tiempo para mi ha sido de cambios. Es increíble como las cosas pueden permanecer estáticas durante mucho tiempo, anos y como algo importante, revolucionario, drástico, determinante, puede ocurrir en poco tiempo, minutos y cambiar todo para siempre. Eso me ha pasado a mi; algo importante, determinante, nuevo, me ha ocurrido y ya no soy el mismo de antes. Soy otro. El tiempo dejo de pasar. Me ocurrió algo, que podría sintetizarse en algunos eventos encadenados que trajeron cambio a mi vida y a mi ser.

El cambio mas importante es el cambio interior. He cambiado. Soy un hombre nuevo, hecho de mi historia pero nutrido ahora de lo que me ha pasado. El tiempo perdió sentido. Descubrí que la vida no es tiempo o, mejor, que en la vida el tiempo no es importante. La vida son vivencias, decisiones, experiencias que nos llenan o nos destruyen, pero que, al fin de cuentas, el tiempo no existe cuando vivimos realmente. El tiempo solo cuenta cuando nuestra vida esta vacia, quieta, empantanada, llena de miedos, dudas y frustraciones. Cuando no es así, somos eternos…

Tiempos

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Tiempos de encontrar nuevos caminos.

Otro año que se va y otro que comienza. Tiempo de balances, de reflexiones, de dietas y cambios, de resoluciones? Así dicen, pero para todo el mundo parece ser más de lo mismo. Otro año de fiestas donde la gente tapa los agujeros emocionales con compras, con alcohol o con fuegos artificiales. Tiempos de tabletas, de e-mail y de mensajes de texto. Tiempos de GPS, de HD, ISIS y CIA. Tiempos de Trump, de idealismos muertos y promesas incumplidas. Tiempos de individualismo, mentalidad empresaria, competitividad y “teamwork”. De nacionalismos, populismos, seguridad y policías en las calles.

Para mí, entonces, son tiempos para la soledad y el recogimiento. De búsqueda. De darme cuenta que viví muchas décadas y no aprendí nada, o lo que aprendí no sirvió para cambiar el mundo. Tiempos de comenzar de nuevo, en otro camino, con otras personas y en otros lugares. Tiempos de alejarme, de ignorar y de tolerar para poder vivir. Tiempos para ser otra persona, para salir de mí mismo y descubrir.

Tiempos para correr, transpirar y sentir mis músculos vivos. Para saborear un vino y caminar por el bosque. Tiempos para detenerme a mirar bien las flores, los pájaros y los árboles. Tiempos para compartir una charla y un abrazo. Tiempos para reecontrarme con los demás seres que sufren y viven todavía creyendo que un mundo mejor es posible. Quedarán todavía? Voy a salir a buscarlos, antes que sea tarde…

Sentimientos que azotan

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Sentir el dolor y no saber qué hacer.

Puede uno acostumbrarse al dolor, la pena, la angustia y la tristeza? Puede uno navegar años por un mar de desesperanza, luchando por cambiar eso que nos lleva a estos estados, sin ver resultados y sin caer en pozos aún mas profundos que nos lleven, tal vez, a la muerte (física o en vida, traducida en inacción, depresión e inacción)?

Hay un pozo final donde caemos, finalmente, víctimas de tantos golpes, como cae un boxeador luego de ese último golpe, que no sería el que lo tira sino fuera porque recibió cien otros antes? O podemos mantenernos de pie, o levantarnos, salvados por un “gong” o una toalla o unas palabras en el rincón?

Nos sirve el llanto eternamente? o la terapia? o el sexo? o el “shopping”? Hay que esperar? Tantas, tantas preguntas me hago en estos tiempos de dolor, de cosas que no se resuelven, de penas y llantos que me asaltan sin esperarlo, de atontamientos.

Sí sé que nada puede hacer para cambiar esa realidad que me azota, me carcome y me disuelve el corazón. Sí sé que no es mi culpa pero me afecta. Sí sé que mi energía es limitada y cuando la consumo en dolor, llanto y desesperanza, se me agota y me queda menos para la risa, la alegría y el placer. Sí sé que también mi tiempo es limitado y no puedo darme el lujo de sufrir tanto.

Pero aún sabiendo todo eso, no es suficiente. Los latigazos siguen llegando, y si no llegan, están los recuerdos, las cicatrices de esos latigazos, que los veo cada vez que me veo el espejo y me los recuerdan.

Días de dolor, de alegrías impuestas y de preguntas sin muchas respuestas…

 

 

La torre que soñé

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Miniatura de mi torre soñada

Hoy vuelvo a escribir. El incesante golpeteo de la rutina diaria en mi cara, como llovizna molesta, no me deja avanzar, ir a donde quiero. Me desvía, me retrasa y lo peor, no me deja ver bien. La vorágine de mi vida de despertadores que suenan, duchas pospuestas, comidas apuradas, frases hechas, sonrisas forzadas, jefes insoportables y fríos, camisas y corbatas, papeles, reportes y viajes, noticias de un mundo apocalíptico, me ha hecho olvidar mi camino, mis proyectos, esos sueños que alguna vez tuve y se fueron diluyendo en esperas, justificaciones, necesidades de dinero, de casa y de comida. Esas putas necesidades fisiológicas me ganaron la batalla. Los infinitos “lo hago el fin de semana que viene” me trajeron hasta un punto donde ya no hay un puerto de embarque hacia el destino soñado. Hacia los destinos soñados, que fueron muchos. La vida soñada se transformó en una cuenta bancaria, una o dos casas, un hijo drogadicto y uno “normal”, y un trabajo que siempre intenté dejar pero que dió dinero.

Y allí voy, por esa autopista de seis carriles cada mañana, arrojado al mundo, corriendo para llegar entre miles de vidas encapsuladas en sus autos hacia sus destinos tampoco soñados. Escuchando por la radio las canciones que algún rockero millonario impuso, o las noticias sobre un poderoso millonario que quiere manejar el mundo con la misma codicia e inmoralidad que manejó su vida.

Y toda esa fuerza que alguna vez tuve para cambiar el mundo y mi vida retrocede, herida, golpeada, maltratada por la fuerza invencible de la rutina de la necesidad. Envidio un poco a ese pobre homeless que veo allí, mientras espero el semáforo en mi Honda CR-V, pidiendo con un tarrito en la esquina oscura:”Please, 25 cents. I don’t drink”. Es mi vida mejor? me pregunto.  Me da el verde y avanzo hacia mi destino, construido, ladrillo a ladrillo, día a día, minuto a minuto: una torre inmensa cuyo derrumbe me llevaria al suelo donde alguna vez comencé a construirla.

Hoy paro por un minuto de construirla. Me pongo a escribir. Pierdo el tiempo. Detengo esa obra monumental que no se parece casi en nada al proyecto que soñé. Hoy paro un minuto y escribo. En un rincón de la torre inmensa, sigo construyendo la miniatura de la torre que soñé.