Acerca de daniel

Este es un "work in progress", un viaje que no se a donde me lleva...

Llamas y brasas

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Los recuerdos me alcanzan y no me dejan.

Mi hijo ya no está. Quedan los lugares por donde pasó, por donde anduvimos, por donde compartimos momentos buenos, malos y terribles. Recorro esos lugares y los recuerdos vuelven, como fantasmas agitándose y tratando de alcanzarme, como brasas que se alejan del fuego y se mueven con el viento. Los sonidos también vuelven, los gritos o ruidos. Ahora ya no está. Está lejos, está vivo…pero lejos. Solo quedaron aquí las ruinas, los despojos de un pasado compartido. Como una casa en escombros después de un terremoto. No quedan casi buenos recuerdos, solo temblores y terremotos. Discusiones, peleas, llantos imborrables, profundos y estruendosos. Recuerdo la última vez que lo ví en la casa, dejándola, parado al lado de la puerta, con una taza con vino, preguntándome:–Qué, vos no tenés tus demonios? Y como lo perseguimos, hasta que se perdió. Y paso por la entrada de mi casa y lo recuerdo gritándome insultos o amenazas o cuando me dijo que se iba a suicidar en dos meses. Y recorro un parque donde sé que durmió y busco en los bancos por si escribió algo en alguna de esas noches de vagabundo. Recorro lugares llenos de fantasmas, imaginando que esos que veo tal vez compartieron una historia con él y me la cuentan. Camino lugares que seguro recorrió en soledad y lloró a los gritos, sin consuelo. Recuerdo cuando lo alcancé bajo la lluvia fría y le ofrecí venir y no quiso y me aceptó la hamburguesa que le compré y lo ví irse caminando y perderse a lo lejos mientras yo lloraba a los gritos. Recuerdo cuando lo dejé en ese lugar de albergue de vagabundos con un poco de dinero, o cuando lo fui a ver a un McDonalds donde estaba hecho un estropajo muerto de hambre esperando que le compre algo. Recuerdo algunos abrazos fuertes al dejarlo en algunos lugares. Recuerdo tantas, tantas cosas y tantos, tantos lugares. Los lugares están como malditos, maldecidos. Y esos recuerdos no se van, aunque ahora el presente sea mejor para él, aunque esté lejos. Esos recuerdos me horadan la cabeza y no me dejan pensar ni vivir. Debo irme, alejarme, dejar estos lugares maldecidos y tal vez los fantasmas, las llamas, las brasas ya no se levanten y me dejen en paz.

Preparado

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Preparado para lo increíble.

Hoy dormí una larga siesta. Mi cuerpo estaba extenuado, al igual que mi mente. Soñé mucho y pude recordar (aún recuerdo, lo que es raro) el sueño que tuve casi en su totalidad. Al despertar, me costaba saber dónde estaba y cuándo estaba. Esa sensación de estar despierto pero a la vez suspendido en el tiempo y el espacio. Poco a poco, recordando y repasando ese sueño, sumido en el goce de ese proceso, fui volviendo a la realidad, como quien se recupera de una borrachera. Afuera llovía y la cama resultaba el mejor lugar donde estar. De repente, veo algo cerca de la cama, algo que se había deslizado de uno de esos libros que traigo a la cama y nunca leo. Una foto, un recuerdo, caras jóvenes y lugares pasados. Me veo junto a mi esposa, alzando a mi hija recien bautizada, hace ya 28 años, bajo el sol mendocino, con el fondo de la Casa de Gobierno. Me pregunto vagamente, sin recordar, qué hacíamos allí sin encontrar la respuesta ni insistir mucho buscándola. Pienso en todas las cosas que han pasado desde ese momento y siento que si alguien se hubiera acercado a mí en ese momento y me hubiera contado brevemente sobre mi futuro, me hubiera reído de ese alguien y lo hubiera tomado como un loco. Así es la vida, una locura, una sucesión de cosas que hacemos y que nos pasan y que si supiéramos que ocurrirán probablemente nos paralizaríamos.

Debo estar preparado para lo que viene que, seguramente, sera increíble.

Chile despierta

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Que no les sea tan fácil controlar todo a piacere.

Cuando joven, recuerdo haber comprado un libro de Neruda y llevarlo bajo el brazo. Era la dictadura de Videla y dentro mío hervían las ideas de izquierda. Recuerdo que fui a una zapatería de Mendoza y lo puse a un lado para probarme unos zapatos no muy caros ya que no me daba el presupuesto. El empleado me dijo:-Guardá ese libro o te pueden llevar preso. Yo no le creí. Con el tiempo luego me di cuenta que tenía razón. De joven supe lo que era no tener auto, agua caliente o ni siquiera una ventana para mirar el sol al levantarme. Veía a mi papá trabajando y trabajando sin que nunca pudieramos salir de las limitaciones. Recuerdo en aquellos tiempos de dictadura, que tenía un amigo cuyo padre era militar. Este muchacho vivía en una buena casa, era pésimo alumno, pero andaba en su Ford Falcon Sprint nuevo que le prestaba su papá. Tenía entradas gratis para ir al cine y entraba o salía de donde quería con una credencial que quién sabe qué decía. Un día me llevó a una casa cerca de apariencia normal de la calle Emilio Civit, a visitar a su padre a su “trabajo” y el lugar estaba lleno de militares con radios y pantallas controlando en secreto quién sabe que cosas.

Recuerdo también, en aquello tiempos, un poco antes, como Allende, mas allá de Los Andes, habia sido derrocado y muerto con la intervencion de la CIA. Siempre me habia maravillado como la izquierda en Chile había sido tan fuerte y como en la Argentina esa izquierda habia sido “comida” por el peronismo y qué tan lejos  hubiera llegado la izquierda sin el peronismo.

Mucha agua ha pasado bajo el puente y muchas décadas después me preguntaba qué habéa sido de esa izquierda y progresismo chilenos. Donde habían quedado después de tanto “liberalismo”, apertura de mercados, “eficiencia”, “disciplina fiscal” y respeto por la empresa privada y sus beneficios para la humanidad que habían convertido a Chile en un modelo avanzado, comparado en su momento con los “tigres asiaticos” y puesto como ejemplo.

En estos dias me doy cuenta que eso estaba dormido, aplastado por tanto capital, verso y empresarios que, dueños del poder del dinero, del despido, de leyes laborales y todo tipo de herramientas, convierten a los países en ejemplos “exitosos” en los cuales la gente sólo tiene para comer, ponerse alguna ropa y tomar el autobús para ir a trabajar para el beneficio de aquellos que graciosamente se reunen en esos eventos sociales tan publicitados por los diarios y otros medios, por supuesto, con la complicidad de políticos puestos y pagados por ellos y beneficiados por el único “derrame” del sistema: polìticos, legisladores y jueces, las famosas 3 ramas del gobierno de Montesquieu convertidas en la legalización del sistema de explotación. Eso no cambió, aunque haya caído el comunismo autoritario o se haya convertido en comunismo capitalilista explotador como el caso triste de China.

En algún momento el pus del sistema tiene que salir. Por más que digan que hay algunos componentes foráneos, la gente finalmente se cansó y mostró cómo puede la movilización popular, poner el freno a las calamidades, “excesos” y abusos de una clase dirigente polìtica y económica que logra el poder y lo controla tranquilamente a través del dinero. La ecuación es simple: polìticos + empresarios poderosos+ medios amigos = mayorías empobrecidas limitadas por magros ingresos.

Chile despierta y da un ejemplo. Ojalá todo sera para bien.

Patquía

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Llegada al planeta Patquia

El ómnibus llegó,como tantas otras veces, de noche. Luego de viajar en la total oscuridad, las luces fueron apareciendo, a lo lejos. Luces de un poblado fantasmal. Luces mortecinas algunas y casitas desparramadas, que iban apareciendo, de tanto en tanto, hasta que, en medio del tierral, en un gran descampado, algo que parecía una terminal, un negocio cerrado, pegado a algo asi como un comedor-bar, nos recibía. A veces había otro micro ahí parado, a veces nada. Patquía se llamaba. Un lugar fantasma que, por cosas del destino era un punto de paso de ómnibus que iban a todas partes. Un pueblo que si no fuera por esa condicion geográfica, estaría mas muerto de lo que estaba. Me bajaba, anticipando las sensaciones.  Ahí, en medio de la nada, el paisaje se formaba con algunos perros vagabundos oliendo y buscando algo para comer, luces que salían del comedor-bar que usualmente se llenaba de comensales para ver a Tinelli, único programa tal vez que llegaba por el canal de aire en un televisorcito de morondanga. El olor a fritanga y comida salía por alguna parte. Algunos jóvenes andaban por ahí tal vez entreteniéndose con los pasajeros que bajaban cada tanto de esos ómnibus. Algunos vagabundeaban tal vez esperando que alguien les diera algo. Ahí se mezclaban los lugareños, tipos de traje y corbata y mujeres con niños llorando.

Ahí yo esperaba, en ese lugar perdido, sin horario, sin tiempo, algún micro que me llevara a casa durante la noche. Con suerte hasta Mendoza, con menos suerte hasta San Juan. A veces, me quedaba en ese infinito oscuro y grotesco horas y horas. A veces, sólo minutos ya que el azaroso ir y venir de ómnibus jugaba con mi suerte. Quien no ha estado en Patquía no conoce esa sensación de infinito y eternidad, donde el tiempo está detenido. Durante dos años llegué a ese lugar, una vez por mes, y cada vez, el lugar era el mismo, sin cambios, parado. Era volver al infinito y a la nada. Mi tiempo se detenía y era el deja-vu perfecto. Las mismas luces, el mismo boliche, el mismo programa y las mismas personas, ya que las caras de los desconocidos son todas iguales.

A veces caminaba por ahí, no yéndome muy lejos ya que el micro salvador podía llegar en cualquier momento, y solo encontraba negrura y la nada. El lugar era como estar suspendido en un planeta en medio del universo. Una estación planetaria de la que sólo se podía salir en una nave espacial. Tenía la sensación de estar caminando en una esfera, en un planeta enano, parecido a aquel del Principito, ya que alejarse del boliche iluminado, me llevaba como a un precipicio.

El planeta Patquía me esperaba y las sensaciones eran intensas, profundas, inigualables. Ni Venecia ni Milan ni New York se le comparan. Patquía era única e inigualable, real, grotesca, temible y amable al mismo tiempo; verdadera. Y por todo eso, fantástica.

 

 

Antónimos

Tarde especial.

Tarde soleada, aire fresco, sonido de árboles mecidos por ráfagas cambiantes. El sol de las 3 de la tarde de primavera en este bosque texano me llega y me acaricia. Nos sentamos con mi hija que me dice, inocentemente, luego de unos momentos de silencio compartido: -Qué lindo es el mundo!

Y todos los pesares, problemas, conflictos, carencias, malentendidos, mágicamente desaparecen. Esa frase me dice tanto que nada que pueda comprar se compara. De pronto, siento mi cuerpo sano, fuerte, recargado. Siento su compañía y, sobre todo, su alegría de vivir.

Y eso me compensa de aquel otro hijo que un día me llenó de dolor y me hizo llorar a gritos cuando me dijo:- en dos meses me suicido, en una noche oscura y triste de olor a tabaco y alcohol, sin ráfagas de viento fresco ni sol ni árboles.

 

 

 

Nuestro yo verdadero y oculto

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Nos sacamos la máscara por muy poco tiempo…

Muchos libros que leí me enseñaron cosas, a pesar de que la experiencia es el mejor maestro. Recuerdo uno de Jose Ingenieros sobre la simulación en la lucha por la vida que leí hace tanto tiempo.  En tiempos de conexiones inalámbricas, wi-fi, instagram, You-tube, facebook y tantas otras formas de comunicarse, los espacios de sinceridad y verdad han disminuido increíblemente y viene a mi mente aquel librito sencillo pero tan acertado.

Ya sabemos que lo que vemos de lo demás es mentira, así como es mentira lo que mostramos de nosotros. Los verdaderos yos están totalmente ocultos y es difícil conocer realmente a las personas. Saludamos, sonreímos, contamos las historias o partes de las historias que queremos, mentimos a nuestros jefes y subordinados, familia y amigos. La mentira y simulación, a la manera de los camaleones y otros animales que se esconden o se confunden con lo que los rodea, son la clave de la supervivencia.

Lo único que nos queda son esos espacios de verdad, aquellos que contamos a nuestros sicólogos (en parte), o cuando las emociones fuertes nos toman. Las grandes alegrías o euforias o los grandes dolores, las reacciones violentas o emocionales. Los atisbos de realidad que mostramos o muestran las personas en esos momentos límite. Algunos ni eso muestran. Digamos que hay algo así como un 10% que puede llegarse a descubrir de los otros o, puesto de otra manera, en nuestra relación con los otros, hay un 10% del tiempo en que somos nosotros mismos y los demás son quien en realidad son.

En esos momentos mágicos, donde nos revelamos como somos y nos revelan los demás como son, podemos morir, emocionarnos, sentir el amor o el verdadero dolor, alcanzar la plenitud y la inmortalidad. Son los momentos de total integración y emoción, donde somos realmente humanos, nos damos el lujo de llorar o reir a pleno, ser débiles o fuertes, violentos o lujuriosos u honestos. Luego, durante el 90% restante volvemos a la normalidad, a trabajar, a seguir simulando para poder sobrevivir, ahora, con mayor prolijidad, con mayor profundidad, con la ayuda inmejorable de facebook, instagram, you-tube y otras yerbas, que ayudan a ocultar, tapar, disimular aún más ese yo casi inalcanzable. Ya podemos incluso crear yos alternativos y virtuales que viven en esos ciberespacios solo poblados por fotos, imágenes, movimientos y paisajes tan irreales como sus dueños.

Socialismo

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Mi socialismo es el mejor!

Siempre fui simpatizante de las ideas socialistas, en el sentido de un Estado que proteja a los que más necesitan y no permita el crecimiento desmesurado y sin control de las corporaciones monopólicas. El socialismo como una forma de equilibrar y dar la mínima dignidad a las personas, permitiendo acceso a la salud, la educacion y lo mínimo para vivir.

Otro tipo de socialismo es el de Trump, que justamente dice ser enemigo del socialismo, pero pone en práctica el socialismo para los más ricos. En realidad, su socialismo es una exageración del que ya existe en EEUU, con un Estado que subvenciona a las empresas, las protege y castiga  los pobres.

Esta nota me parece esclarecedora:

Socialismo de Trump

Noche Buena en Mendoza

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Puerta al infinito en Noche Buena…

Noche Buena alla por los 70s en Mendoza… Calor … Se tomó un micro que lo traía a su casa quién sabe de donde. Esa casa en la que no quería pasar la Navidad con un padre violento, una madre deprimida y una casa vieja, fea y sucia. Esa casa lo llenaba de dolor aunque él no lo sabía. Esa timidez, tristeza, desconfianza y falta de estima venían de eso pero él no lo sabía. El micro venía medio vacío ya que supuestamente todo el mundo estaba con o casi con su familia. Decidió seguir en el micro sin saber exactamente porqué, como tantas cosas que a veces hacía en aquellos tiempos. La vio sentada adelante suyo. Pelo corto, teñido, calculaba que unos casi 40 años. No importaba en realidad ya que en la desesperación (que él no sabía que sentía) daba lo mismo cualquier cosa que lo llevara a quién sabe dónde. Y finalmente quedaron ellos dos. Casi las nueve o diez de la noche, aunque daba lo mismo. Ella se baja y el se baja detrás. Calle oscura, quién sabe dónde pero lejos de su casa. La sigue, transpirando, y se le para al lado y le dice algo que ya no recuerda. Ella responde. Las mentiras salen de su boca fácilmente pero son agradables, blancas, con el solo objeto de no estar solo, de sentir a alguien al lado. Siguen hablando unas cuadras oscuras hasta que ella lo invita  quedarse y pasar la Noche Buena con ella y su padre. El acepta y se queda. Ella lo presenta como un amigo y entra a esa casa vieja, tanto o mas sucia que la suya, con una mesa vieja puesta en un patio cubierto con la parra tipica de Mendoza. El hombre se ve rudo, en camiseta musculosa, algo ha tomado y su cara roja desagradable lo observa con desconfianza. Ella lo mira de reojo de tanto en tanto, cómplice. Comen algo que no recuerda en una mesa con sidra y vino tinto y pan dulce y turron baratos. Se tocan de vez en cuando, a escondidas, y la excitación, aumentada por el alcohol lo hacen sentir bien, más feliz tal vez, e imaginar cosas, mientras la mira y la ve cada vez mas bella, en ese lugar feo, viejo, sucio y alejado en quién sabe qué parte de esa Mendoza. A las doce, el hombre en camiseta va adentro y vuelve con una pistola, borracho, tirando tiros al aire con el fondo de cohetes y explosiones. Apunta al cielo y tira dos veces y luego le apunta a él…y tira…

Ausencia

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La silla donde nos sentábamos está toda descolorida…esperando.

Mi mente se resiste a pensar en otra cosa. Las ausencias, increíblemente, están presentes. Como fantasmas, me acechan en cada rincón. Aparecen al abrir un cajón, abrir una puerta o mirar un lugar. Nada hay más presente que una ausencia. Y mi mente se regodea en ellas. Las trae y no las deja estar donde deben: ausentes, en la nada.

La soledad es sólo una apariencia, una quimera, un sueño. La realidad son esas ausencias que están más presentes que nunca porque la mente, obsesionadamente, no las deja ir. Era todo más fácil cuando los ausentes estaban presentes. Mi mente y cuerpo podían concentrarse en la vida normal. Estaban libres e incluso podían darse el lujo de olvidar.

Ahora olvidar es imposible y esto es lo peor: la ausencia es todo el pasado junto. No sabe de tiempos. Trae a cada ausente en toda su existencia, lo presenta en todas sus apariencias, acciones, momentos y edades… único, atemporal y omnipresente. Flotando alrededor y viviendo en cada cosa o lugar que lo evoca y lo trae. A veces, uno estira una mano y parece tocar al ausente o se da vuelta en la cama y siente la presencia o mira un sillón o algo del ausente y, al tocarlo, siente al ausente presente. Es mental y es totalmente físico o palpable.

Busco maneras de olvidar, de no recordar, de eliminar al ausente, de ahogarme en cosas o verbos pero vuelven y vuelven a atormentarme. Se confunden con los sueños y, al hacerlo, el dormir y el estar despierto se transforman en una sola realidad o vivencia.

Hay algo peor que la ausencia? La muerte? Quién sabe? La muerte nos da la resignación de que el muerto ya no existe y no volverá, pero la ausencia nos dice que ese alguien está en alguna parte, viviendo, que puede volver o que podemos, o no,  ir a verlo.  Está doblemente presente en la ausencia y nos trae un sufrimiento especial, indescriptible e inentendible, al menos para mí.

Las sensaciones de dolor e inexplicabilidad que me provocan las ausencias son profundas e incisivas e imposibles de describir. Se parecen un poco a la tristeza, la melancolía,la rabia o el dolor de la muerte pero no son ninguna de ellas. Lo peor es que dura todo el tiempo. Es como que a uno le falta un brazo o una pierna o los dos o, peor aún, la mitad del cuerpo.

Con el tiempo, la ausencia se vuelve parte de uno y uno se acostumbra  a ir por la vida así, sin piernas o brazos u ojos. Uno busca, tontamente, otras presencias que tomen el lugar…

Maldita seas, ausencia…

Cómo…

 

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Cómo comenzó la tormenta?

Como comenzó todo? Cómo se fue desbarrancando todo? Cómo mi vida normal, hecha de altibajos, rutinas y proyectos, alegrías y tristezas normales, paseos de fin de semana y proyectos de futuro profesional, se fue desmoronando? Cómo el caos y el stress comenzaron a tomar mi vida, las noches se volvieron de insomnio, las reacciones comenzaron a ser violentas, los pensamientos comenzaron a ser negativos, y los ataques de pánico (que les pasaban a otros) me atacaron? Cómo comencé a pensar que me volvía loco? Cómo terminó mi paz y comenzó una vida nueva, llena de problemas, incertidumbres, pesadumbres, tristezas y depresiones? Cómo comencé a vivir el día a día, el hora a hora y cómo mi mente comenzó a vivir en modo supervivencia? Trato de recordar el momento, el primer paso, el primer episodio y todo está como en una nube, confuso. La suma de años de problemas mezcló ese pasado como un ovillo infernal donde es imposible encontrar la punta. Miro hacia atrás y, a pesar de que el grueso del huracán pasó, trato todavia de pararme entre las ruinas, los desechos y el oleaje y peligros y pestes que dejó la tormenta desatada. Tratando de recordar como comenzó todo y no puedo…tal vez estaba escrito que así pasaría. Tal vez algo que había hecho décadas antes fue el hecho desencadenante o tal vez simplemente el azar o la mala suerte y algo que no dependió de mi en absoluto. Mi mente explora el pasado. Recorro lugares fatídicos que mi hijo recorrió, abro cajones y encuentro papeles relacionados con mi hijo, veo ropas de mi hijo, papeles escritos por él, mi mente vuelve a esos momentos terribles, a veces convencida de que todo fue un sueño y en algunos momentos, una puntada terrible hiere mi corazón y el dolor se apodera de mi alma.

La playa

                   Intento infructuoso de atrapar el tiempo.

La luna. La playa. El mar. El cielo. Los pájaros. El sonido de los pájaros. El sonido del mar. Mis pies. Mi respiración. La luna, la playa, el mar, el cielo, los pájaros. El viento, las nubes. El mar, el sonido de las olas, el viento en mi cara, mi respiración. Mis piernas.

Camino horas por la playa, sintiendo mi respiración y mi cuerpo. El sol detrás mío ilumina la luna enfrente mío, sobre el horizonte.

Quiero atrapar este momento para mí… estos momentos. Quiero que el tiempo se detenga y quedar sin pasado ni futuro. Sólo presente, eterno, circular. Sé que finalmente todo pasará y será un recuerdo más. Sé de la imposibilidad de escapar el paso del tiempo. Es una idea absurda que toma mi mente. Veo pasar cada tanto en la playa desierta personas, algunas solas otras en grupo. Escucho risas en la distancia. Hacia un costado veo un grupo de gente que se saluda, anfitriones recibiendo amigos en esa casa en la playa. Sigo mi camino que me lleva inevitablemente al futuro.

Una casa, adelante, blanca sobre la playa es iluminada por el sol que cae sobre el horizonte detrás mío, haciéndola lucir brillante. Es un cuadrado blanco a lo lejos que se agranda lentamente con los pasos que doy. La casa está inusualmente cerca del mar, tanto que a lo lejos casi parece esta en la misma orilla.

Sé que finalmente pasaré junto a esa casa, el sol se esconderá y la luna brillará sobre un cielo oscuro sobre el mar y que yo ya no estaré allí.

Ser parte del bosque

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Casi logro hacerme parte del bosque encantado.

Este domingo me perdí. Me fui a uno de esos “trails” que abundan en Houston, caminos perdidos en parques llenos de mosquitos, armadillos, zorros, mapuches, ardillas, conejos y serpientes. Insectos y pajaros, plantas y arboles de todo tipo. Ramas caídas por doquier, pantanos de todo tamaño. Grandes troncos de otrora árboles. Piedras y arena mezclados con barro y pantanos en los que uno resbala y se entierra hasta los tobillos. No quise llevar teléfono. Sólo la llave de mi auto que dejé a la entrada. Fui a la entrada, en bajada, saltando riachos y charcos y gozando la tarde de 20 grados con un sol que se colaba entre los árboles. La naturaleza me golpeaba y me protegía. El aire, la soledad, mis piernas fuertes listas y ávidas por comer kilómetros. De dónde me viene ese placer infinito de perderme entre los árbolesy el bosque inexplorado, inesperado, impredecible. Un oculto deseo de perderme y no volver, de hacerme uno en ese bosque y pasar a ser una planta o un animal más? Escapar y no volver? O simplemente el gozo? mis preguntas encontrarían alguna respuesta pronto. Comencé a caminar y luego a correr. Necesitaba correr, jadear, transpirar, saltar piedras y doblarme los tobillos. Necesitaba cansarme, liberar tensiones y fuerza, cansarme, sentir mi cuerpo vivo, caliente y su sangre correr. Mi corazón latir y la inquietud de no saber cuando volvería. Y caminé y corrí. Tome senderos que se bifurcaban. Para cansado, jadeando y me estiré de muchas formas y luego decidí volver. Ensimismado en mis meditaciones, sensaciones y pensamientos perdí uno de los caminos y tomé otro, con la tarde cayendo. El camino, parecido al que usé al venir se estrechó y se empantanó. Me encontré de repente en medio de un pantano sin salida, ancho, amenazante y desierto. Ya no había gente que pasaba de tanto en tanto. Ya mi soledad en la oscuridad aumentaba. Volví sobre mis pasos. Ya habían pasado dos horas y, si todo iba bien iba a tardar mucho mas de dos horas en volver a mi auto. Caminé, apurado, volviendo, tratando de descubrir qué sendero había tomado mal y cual era el correcto. De repente, luego de haber caminado otra media hora comencé a volver y llegué a una misteriosa trifurcación. Cuál sería el camino correcto? Cual habia tomado mal? Por alguna razón tomé el del centro y, luego de una media hora, cansado ya, embarrado y algo preocupado con la noche amenazando, comencé a encontrar signos de que ese era el camino indicado, un pequeño puente me recordó haber pasado por allí. La vuelta se hizo increíblemente larga…ya de noche casi, con las luces solo de alguna nube iluminada por una Luna generosa, metiéndome en charcos y adivinando entre la oscuridad, finalmente acerté la salida y allí estaba mi auto, solo, esperándome. Mi cuerpo y huesos y músculos y mente cansados se sentaron en la comodidad del asiento. La música, el teléfono y la luz de la civilización habían llegado a rescatarme.

Mi camino y mi  deseo de formar parte de ese bosque se truncaron…