Llamas y brasas

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Los recuerdos me alcanzan y no me dejan.

Mi hijo ya no está. Quedan los lugares por donde pasó, por donde anduvimos, por donde compartimos momentos buenos, malos y terribles. Recorro esos lugares y los recuerdos vuelven, como fantasmas agitándose y tratando de alcanzarme, como brasas que se alejan del fuego y se mueven con el viento. Los sonidos también vuelven, los gritos o ruidos. Ahora ya no está. Está lejos, está vivo…pero lejos. Solo quedaron aquí las ruinas, los despojos de un pasado compartido. Como una casa en escombros después de un terremoto. No quedan casi buenos recuerdos, solo temblores y terremotos. Discusiones, peleas, llantos imborrables, profundos y estruendosos. Recuerdo la última vez que lo ví en la casa, dejándola, parado al lado de la puerta, con una taza con vino, preguntándome:–Qué, vos no tenés tus demonios? Y como lo perseguimos, hasta que se perdió. Y paso por la entrada de mi casa y lo recuerdo gritándome insultos o amenazas o cuando me dijo que se iba a suicidar en dos meses. Y recorro un parque donde sé que durmió y busco en los bancos por si escribió algo en alguna de esas noches de vagabundo. Recorro lugares llenos de fantasmas, imaginando que esos que veo tal vez compartieron una historia con él y me la cuentan. Camino lugares que seguro recorrió en soledad y lloró a los gritos, sin consuelo. Recuerdo cuando lo alcancé bajo la lluvia fría y le ofrecí venir y no quiso y me aceptó la hamburguesa que le compré y lo ví irse caminando y perderse a lo lejos mientras yo lloraba a los gritos. Recuerdo cuando lo dejé en ese lugar de albergue de vagabundos con un poco de dinero, o cuando lo fui a ver a un McDonalds donde estaba hecho un estropajo muerto de hambre esperando que le compre algo. Recuerdo algunos abrazos fuertes al dejarlo en algunos lugares. Recuerdo tantas, tantas cosas y tantos, tantos lugares. Los lugares están como malditos, maldecidos. Y esos recuerdos no se van, aunque ahora el presente sea mejor para él, aunque esté lejos. Esos recuerdos me horadan la cabeza y no me dejan pensar ni vivir. Debo irme, alejarme, dejar estos lugares maldecidos y tal vez los fantasmas, las llamas, las brasas ya no se levanten y me dejen en paz.

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