La hoja en la tormenta

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Tal vez la calma real nunca llegue.

En la vida voy rodando, siendo arrastrado por una corriente que me manda contra lo que sea. Soy una piedra, un palo o una hoja, tal vez un insecto muerto. Estoy completamente abandonado a la voluntad de Dios. Como alguna vez leí (en ese libro de Lin Yutang), soy sólo una hoja en la tormenta. Me llevó mucho tiempo reconocerlo y aprender a no resistirme. Es la parte más difícil, porque uno insiste en querer manejar algo incontrolable y se gastan infinitas energías inútilmente y porque, además, por ahí aparecen falsos espejismos que nos confunden.

¿Como llegó el aprendizaje? Con el sufrimiento. Por muchos años pensé que mi vida estaba totalmente manejada por mí. Y en cierta manera, era así. Hasta que comenzaron a ocurrir cosas malas, muy malas en mi vida. Antes, las cosas no eran tan malas y esas cosas “menores”, justamente, por ser de poca importancia, parecían no contradecir la regla general de que mi vida era manejada por mí. Cuando comenzaron a ocurrir las cosas malas, que realmente me dañaban, me provocaban dolores antes desconocidos, sufrimientos profundos, momentos de pánico y desesperanza, y que por más que intentaba, no podía evitarlas, descubrí que nada podía hacer, que lo que realmente podía manejar era nada, ya que todo ese poder que tenía no me servía para cambiar el destino de sufrimiento.

Entonces comencé a encontrar refugio, a aprender a vivir en la correntada; acostumbré mi cuerpo y mi mente al sufrimiento, encontré placer hasta en lo más ínfimo y que antes parecía no importante y la risa en algunos rincones insospechados. A la manera de esa hoja en la tormenta, aprendí a aferrarme a lo poco que podía, a disfrutar correntadas menores, aprendí a distinguir las malas aguas de las no tan malas. Cuando descubrí que ya no podría salir nunca de esa corriente tremenda, de esa tormenta que parecía no amainar y que sólo debía aprender a vivir en ella, mirando de reojo la orilla calma y absoluta…recién ahí comencé a entender mi vida.

Tiempos II

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Todavía hay esperanza.

Tiempos de desconcierto, miedo y exceso. De escuchar rock con auriculares, de ver películas violentas y videos en Youtube. De hacerse famoso por un minuto, or un año. De amor fácil y dinero difícil. Tiempos de relatividad. De no saber distinguir lo bueno y lo malo. De cuestionamiento y cambio. La izquierda se transformó en un pasquín siniestro poblado por farsantes. La derecha siembra violencia y desigualdad, racismo y odio. La gente se refugia en sus celulares, cines, drogas y alcohol. El anarquismo parece lo más simple. Una nueva guerra fría asoma. O se está de un lado o del otro. Aparece una nueva versión del mundo con buenos y malos.  Ignorantes y sabios.

Mientras tanto…tiempos de buscar a gritos a alguien que no quiera solo dinero o sexo. Tiempos de buscar y encontrar un simple diálogo, una comunicación con algún ser humano. Tiempo de refugios, de utopías en mentes aisladas. Tiempos de buscar fórmulas mágicas y gurúes.

Y ahí voy, como tantos otros, buscando a gritos a mi Mesías, mi gurú. O algún amor o beso que me devuelva mi sentido de ser humano. Buscando ese abrazo del niño que todavía ignora ese mundo que está y tal vez no exista cuando crezca. Ese niño todavía riendo por esa broma tonta de su padre. Me refugio en esos niños que me devuelven la esperanza. Esos niños todavía ríen…de verdad. Y me regalan su sonrisa. Gracias.