Tarde de billares en Mendoza

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Tarde de billares…

Tarde calurosa en Mendoza. Calles vacías a la siesta. Urgencia de billar. Calle San Martín frente al ACA. Busco en el lugar alguien para jugar. Nadie. Pido un cafecito y me siento a mirar un partido. Muchas caras conocidas. Personajes del billar, parroquianos de casi todos los días y todas las noches. Ventiladores al mango. Otra vez los recuerdos de esa Mendoza de hace mil años me asaltan. De repente, un amigo aparece y nos ponemos a jugar “en la dos” a tres bandas. La calma se rompe. Cae un tipo al lado mío. Le decían “el burro”. Así, tirado, viene el otro y le da patadas en el suelo. Yo miro estupefacto al lado del tipo caído la pateadura. El que le pega es llamado ” el soldado”. Me mira el tipo desafiante y yo no muevo un músculo, con el taco en la mano. Todos miran sin decir ni hacer nada. Dos o tres que no se de donde salen aprovechan que el tipo para y lo agarran y tal vez me salvan a mí de que el tipo me pegue sin razón porque estaba como loco y tal vez le salvan la vida o de ir al hospital al “burro” que se levanta sangrando, con la nariz desfigurada y tajos en la frente y la nariz. El pobre tipo se tambalea y se va como puede. Yo y mi amigo seguimos jugando. Se llevan al “soldado” a quién sabe dónde. El “burro” se va como puedo con dos o tres amigotes. Afuera, la tarde arde y yo me alegro de mi suerte…

Fin de la vida…

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Una tarde como tantas…

Vemos muerte todos los días, en los diarios, en la TV, en las películas. Muertes reales, muertes irreales. Números de muerte, estadísticas, fotos de cadáveres, de asesinos y de asesinados. Distintos tipos de muerte, naturales, accidentales, ataques terroristas o en una autopista. Pero cada tanto nos toca de cerca. Así, un día, como el de ayer, ayer, un día más de tantos, algo caluroso, “parcialmente nublado”, mi amiga murió; fue muriendo de a poco, lentamente, cada día un poco más fue alejándose de esta vida, de este mundo. Ese cuerpo fue diciéndole adiós a su alma y nos fue diciendo adiós a todos. Esa belleza corporal fue desapareciendo. Esa carne fue desapareciendo. Esas fuerzas fueron muriendo. Su voz se fue apagando y un día sus ojos se cerraron. La última vez que la ví ya casi no respiraba, inconsciente, tal vez escuchando mis palabras o sintiendo mi mano tibia en la de ella, en su lecho de muerte. Quién sabe dónde estaría en ese momento y dónde esté ahora. Ya inició ese viaje misterioso a quién sabe dónde y a donde llegaremos todos, algún día…Adiós amiga…yo sigo aquí, luchando, buscando la felicidad, viviendo…espérame…ya llegaré, cuando mi cuerpo también se canse. Un día, como el de ayer, murió mi amiga. Esa tarde, la de ayer, el sol brillaba enfrente mío, las nubes, gigantes, dejaban ver sus rayos. La belleza era increíble. Era la última tarde de mi amiga Elena sobre la Tierra…

El recuerdo

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Algo del camino lo llamo pero no fue suficiente…

Corriendo. Sin pensar, solo gozando el momento. De repente, mi mirada se detiene en el camino, se concentra, se pone atenta. Todo pasa a un segundo plano. No puedo detenerla. Sigo corriendo pero mis ojos miran sin mirar, y mi mente se prepara para recibir “el recuerdo”. Ya casi esta todo listo. “El recuerdo” casi, casi me alcanza, puedo notarlo, olerlo, sentirlo cerca. Es la brisa, las hojas cayendo, el ritmo de mi paso que lo trae? Hay algo que lo llamó? Un segundo, o menos, y va tomando forma. Y por un instante, cuando ya casi lo tengo, siento que lo pierdo, que ya no lo alcanzare, o me alcanzara. El recuerdo se va, se escapa, se desvanece, como asustado, incompleto y se va. Sigo corriendo, intentando alcanzarlo, pero ya es inútil, se ha ido, al lugar de donde venía y se quedará, tal vez, para siempre, inalcanzable…